Perla Krauze

Perla Krauze no es sólo una artista; es una suerte de intérprete que parece entender el lenguaje de las piedras y de las plantas.

 
 

Perla Krauze: Senderos, signos y gemas

por Esteban García Brosseau (agosto, 2021)

 

Perla Krauze no niega que existan afinidades entre su propia obra y la de Anselm Kiefer o la de Jannis Kounellis. Al mismo tiempo, no duda en afirmar que su trabajo va más allá, - mucho más allá, diría uno-, de los meros aspectos formales ¿Quiere decir esto que su obra revela una preocupación de índole social? Todo indica que sería un error afirmarlo, aun teniendo en mente una exposición como Small landscapes from near and far (Pequeños paisajes cercanos y lejanos) en la galería The Chimney de Nueva York donde, además de haber aprovechado materiales de la zona otrora industrial y popular de Bushwick, llevó con ella piedras y minerales de proveniencias tan lejanas como China y Turquía, además de Europa y América, remarcando una suerte de diversidad lítica que podría compararse, à la rigueur, con la de las olas migratorias que han formado aquella mítica ciudad de las artes. En efecto, Krauze parece transitar en el sentido opuesto de aquellos que quisieran que el arte tuviera forzosamente un “contenido social”, a pesar del interés que desde muy pronto manifestó por la humanidad, al menos en tanto fenómeno susceptible de ser estudiado.

Y es que la formación de Krauze como artista es atípica: en sus inicios, después de haber cursado algunos semestres en la carrera de antropología, se decidió, por fin, por el diseño gráfico en la ENAP, para luego seguir con un diplomado en textiles, en Londres, y terminar con una maestría en el Chelsea College of Art. Si bien el enumerar las etapas de tal recorrido formativo podría parecer anecdótico, éste revela, en realidad, una inquietud por encontrar y seguir caminos nuevos, apartados de aquellos a los que apuntaba la creación artística en el México de aquel momento. Es quizá por esta razón que resulta tan difícil comparar su obra con la de muchos de los artistas mexicanos de su generación, a pesar de cierta tendencia suya a formar composiciones escultóricas que se acercan a las dos dimensiones de la pintura abstracta, llegando inclusive a evocar a Tàpies, por momentos.

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Ese recorrido tan sinuoso anunció una vida consagrada a la búsqueda, -con todas las incertidumbres que esto implica-, en un mundo en que siempre se ha valorado la solidez de la regularidad sobre cualquier riesgo capaz de aportar un significado nuevo a la existencia: en muchos sentidos, es comparable a las grietas que se forman accidentalmente en las banquetas y que la artista gusta de observar y remarcar para ofrecerlas a la contemplación del espectador. Tal camino podrá parecer tan poco asentado como aquel que tapiza ahora su estudio y que ha sido realizado con lajas sueltas sobre las cuales la artista avanza hoy en día como si se tratara de las notas de un remotísimo instrumento, capaz de reproducir los sonidos primordiales del universo. No obstante, en este sendero mineral, cada laja ha encontrado su lugar como resultado de una investigación comparable a la que permite a los arqueólogos restaurar los edificios antiguos a la manera de un rompecabezas, si bien la intención aquí es otra, puesto que, paradójicamente, la instalación desafía claramente el principio de estabilidad, aun si en otras de sus obras la artista ha revelado claramente su afinidad por la arquitectura.

Sea como sea es, de hecho, en esta suerte de indagación arqueológica que parece encontrarse la verdadera clave para comprender el proceso de esta artista quien se deja hallar por los minerales que utiliza en su obra, haciéndolos dialogar a veces con plantas o textiles, como si su intención fuera recrear visualmente aquellas Historias Naturales de la Antigüedad y del Renacimiento: las de Plinio, Aldrovandi, Bernard Palissy o Ferrante - 2 - Imperato. Sin duda, no es un azar que al contemplar las instalaciones de Krauze uno recuerde casi automáticamente el espíritu del Manierismo europeo y, en particular, aquellas Kunstkammern a las que Schlosser dedicó su libro famoso Las cámaras artísticas y maravillosas del Renacimiento tardío. En efecto, frente a la exhibición de minerales y materiales diversos que la artista organiza tanto en su estudio como en museos y galerías, uno se ve transportado al interior de aquellos gabinetes de curiosidades del siglo XVI, donde potentados como el Archiduque Fernando del Tirol o Rodolfo II de Praga presumían para algunos privilegiados, diversas “maravillas”, entre las que se encontraban corales, fósiles y piedras preciosas traídas de regiones tan lejanas como las que la artista afecciona. Hay que recalcar que no se trata aquí de un ejercicio de imitación, sino de una indagación genuina: es sólo a posteriori que la artista ha descubierto las afinidades de su obra con aquel periodo tan significativo de la historia del arte, donde nacieron aquellas colecciones privadas, origen de nuestros museos y, por ende, de la arqueología.

Si bien el trabajo de Krauze es, sin duda, de naturaleza artística, se podría casi hablar de la concreción de un destino. Pareciera existir aquí una correspondencia entre las acciones de contemplar, buscar, hallar, interrogar, coleccionar y ordenar los minerales y vestigios diversos que Krauze rastrea en la naturaleza, sobre todo en el reino mineral, aunque también en el vegetal, y lo que esas mismas acciones podrían significar si se aplicaran a la exploración de la psique. Se trata de una búsqueda en que los minerales y sus huellas temporales permiten una suerte de arqueología del alma, cuyo objeto de estudio no se limitara al rango estrecho del inconsciente individual, sino que abarcara las capas más profundas del inconsciente colectivo, aquellas donde se reconoce todavía la interacción entre naturaleza y espíritu. Perla Krauze no es sólo una artista; es una suerte de intérprete que parece entender el lenguaje de las piedras y de las plantas. A veces transfiere ese lenguaje al lienzo como los monjes amanuenses la palabra de Dios al pergamino, como para dejar huella escrita de su significado, si bien, aquí, la eternidad de la piedra transita al reino de lo perecedero, al convertirse en una suerte de motivo textil donde predominan las líneas de un tejido tan misterioso como estético. Por supuesto, a pesar del carácter innegablemente contemporáneo de la obra de Krauze, uno piensa en aquellos tratados místicos como el Signatura rerum, de Jakob Böhme cuyo propósito es revelar las extrañas correspondencias que existen entre las formas de la naturaleza y lo divino, en tanto signaturas de las cosas.

Es posible que la artista no le otorgue demasiada importancia a la literatura en lo que concierne a su propio proceso creativo. No obstante, al entender la forma en que se relaciona con los minerales, los caminos y las señales, es casi imposible no recordar a Novalis, poeta máximo del Romanticismo, a la vez que ingeniero de las minas, hecho significativo para el tema que nos ocupa. Basta recordar aquí las primeras frases de Los discípulos en Sais que tan fácilmente ilustran algunas de las preocupaciones de Krauze, en particular tal como se manifestaron durante su residencia artística en Banff:

“los hombres marchan por distintos caminos; quien los siga y compare verá surgir extrañas figuras; figuras que parecen pertenecer a aquella escritura difícil y caprichosa que se encuentra en todas partes, sobre las alas, sobre la cáscara de los huevos, en las nubes, en la nieve, en los cristales, en la configuración de las rocas, sobre el agua congelada, dentro y fuera de las montañas, de las plantas, de los animales, de los hombres, en los resplandores del cielo, sobre - 3 - los discos de vidrio y resina, cuando se frotan y se palpan; en las limaduras que se adhieren al imán y en las extrañas conjeturas del azar.”1

Pero Krauze no sólo ha sabido hallar los minerales que luego dispone obedeciendo a un orden estético de cuya llave es la única dueña, sino que ha buscado a recrearlos, de manera sintética, como los alquimistas pretendían imitar en sus matraces la obra de la naturaleza. Así, ha generado objetos artificiales que recuerdan las piedras preciosas con sus traslucidos y magníficos colores, aunque en tamaños tan grandes que, de ser reales, sólo podrían figurar en los palacios de un oriente imaginario. Entre estas gemas nacidas por artificio, las de color azul parecen ocupar un lugar particularmente sensible para la artista, lo cual es significativo si se recuerda cuán importante fue para los pintores del Renacimiento y del Barroco el lapislázuli, aquella piedra cuya coloración resuena con la del firmamento. Debido a su rareza y alto valor, es con ella que se preparaba el único pigmento digno de ser utilizado para representar el manto de la Virgen. Quién dudaría que, en México, la Virgen es también la Madre Tierra, de quien nacieron los minerales, como de ello atestiguan los pliegos de su falda, todavía visibles en la lava petrificada del Pedregal. Es en este extraordinario lugar del sur de la ciudad de México que la artista pasó sus años de mocedad. Se trata de un paisaje pétreo, testigo imperecedero de la erupción del Xitle hace más de mil quinientos años, que seguramente dejó su impronta en el alma de la joven Perla, cuyo nombre, en retrospectiva, parece premonitorio de la búsqueda artística a la que se entregó a lo largo de su vida.

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1 Novalis, Los discípulos en Saís (Madrid: Hiperión, 1988), 27